Banco Agrario: La Tensión de ser Banco y Misión Social en 2026
CONTENIDO:
- De la Caja Agraria al Banco Agrario: Una Herencia Compleja
- El Alcance Territorial: Cobertura Inédita, Desafíos Latentes
- La Grieta del Deterioro: Radiografía del Microcrédito
- Entre Depósitos y Rentabilidad: La Tensión Financiera
- 2026 y Más Allá: La Encrucijada de una Misión Social
- Todo sobre Financiación Rural en Banco Agrario: Guía Completa
El Banco Agrario de Colombia, pilar financiero del sector rural, desembolsó $5,6 billones en créditos durante el primer semestre de 2026, logrando beneficiar a 198.000 clientes en todo el territorio nacional. Este crecimiento, que representa un incremento del 11% respecto al mismo periodo de 2024, busca consolidar su presencia en un segmento donde la banca privada es reticente. Sin embargo, detrás de estas cifras alentadoras de expansión, se esconde una realidad más compleja: a enero de 2026, el indicador de cartera vencida en la modalidad de microcrédito escaló al 9,0%, una cifra que preocupa y supera tanto el promedio del sistema (8,8%) como el comportamiento histórico de la propia institución. Este contraste no es menor; subraya la tensión inherente entre su mandato social y su viabilidad financiera, una dicotomía que he cubierto en profundidad durante años.
De la Caja Agraria al Banco Agrario: Una Herencia Compleja
La historia del Banco Agrario no puede entenderse sin el eco de su predecesora, la fallida Caja Agraria. Creada en 1931, la Caja fue durante siete décadas el brazo financiero del Estado en el campo colombiano, llegando a ostentar una red de 864 oficinas y 16.500 empleados. Sin embargo, su colapso en 1999 fue un triste capítulo de corrupción y clientelismo. Una investigación de la Contraloría reveló que más del 70% de sus grandes deudores morosos no estaban vinculados con el sector agrario, sino con intereses ajenos al campo. La institución perdía $2.500 millones diarios, un desangre que llevó al entonces presidente Andrés Pastrana a ordenar su liquidación.
La génesis del Banco Agrario de Colombia S.A., fundado en junio de 1999, fue una respuesta directa a este fracaso institucional. Se concibió como una sociedad anónima con régimen de empresa industrial y comercial del Estado, vinculada al Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural. Esta naturaleza jurídica, aunque le confiere un propósito público, lo somete también a las lógicas de eficiencia y rentabilidad que rigen en el sector privado. Su misión fundacional es clara: no menos del 70% de su saldo de cartera debe financiar actividades rurales, agrícolas, pecuarias, forestales y agroindustriales, una restricción diseñada para evitar los desvíos que llevaron a la ruina a la Caja Agraria. ¿Se ha cumplido este mandato a cabalidad, o las presiones del mercado lo han diluido?
El Alcance Territorial: Cobertura Inédita, Desafíos Latentes
Con una red que se extiende a 925 de los 1.103 municipios de Colombia, el Banco Agrario es, sin duda, la entidad financiera con mayor capilaridad en el país. En más de 460 de estos municipios, es el único banco presente, lo que lo convierte en un ancla vital para millones de colombianos. Su infraestructura incluye 793 sucursales, 140 oficinas livianas y más de 27.000 corresponsales y cajeros. En junio de 2026, su red se expandió aún más con la adición de 400 nuevos puntos de atención a través de la red Multipagas REVAL, logrando una cobertura que, en el papel, alcanza el 99% del territorio nacional. Con casi 3 millones de clientes activos y 1,18 millones con algún tipo de crédito, el Banco Agrario llega donde otros prefieren no operar, por consideraciones de riesgo y rentabilidad.
Sin embargo, la cobertura por sí sola no garantiza la efectividad. Si bien a julio de 2026 su saldo de cartera total asciende a $23 billones, ocupando la séptima posición entre los establecimientos de crédito en Colombia, más del 50% de la cartera de microcrédito del sistema se concentra en esta entidad. Esta concentración en segmentos de menor monto y, por ende, mayor riesgo, impone desafíos estructurales considerables. Las entrevistas con usuarios en zonas rurales revelan que, a pesar de la cercanía del banco, la capacidad de respuesta ante situaciones adversas como sequías o caídas de precios, sigue siendo una preocupación. La expansión de créditos, aunque loable, debe ir de la mano con una robusta gestión de riesgos.
La Grieta del Deterioro: Radiografía del Microcrédito
La preocupación se agudiza al analizar la calidad crediticia. La morosidad del Banco Agrario en microcrédito, que alcanzó el 9,0% a enero de 2026, se sitúa por encima del promedio del sistema financiero y, francamente, por encima de los niveles deseables para una entidad de esta envergadura. Este indicador refleja, por un lado, la inherente vulnerabilidad de los pequeños deudores rurales ante choques económicos y climáticos que no pueden controlar. Por otro lado, pone de manifiesto los límites operativos de una institución que, a diferencia de sus pares privados, no siempre cuenta con la flexibilidad ni los costos operativos para administrar eficientemente carteras de tan bajo monto y alto riesgo.
Mientras que la banca privada aplica tasas de consumo que rondan el 16,24% efectivo anual (certificadas para octubre de 2026 por la Superintendencia Financiera), el Banco Agrario ofrece microcréditos con tasas subsidiadas que pueden descender hasta IBR - 1,1% para pequeños productores. Es precisamente esta misión social la que lo empuja a financiar segmentos que los bancos privados abandonan por su falta de rentabilidad. Pero esa misma misión, sin mecanismos de compensación o gestión de riesgo adecuados, genera carteras que se deterioran con mayor facilidad. Esto significa que los usuarios, a pesar de las tasas más bajas, enfrentan dificultades para cumplir sus obligaciones cuando sus cosechas se pierden o los precios caen drásticamente.
¿Se ha preguntado alguna vez qué implicaciones tiene esta morosidad para la estabilidad financiera del propio banco y, por extensión, para la capacidad del Estado de seguir apoyando al campo?
Durante la administración actual (agosto 2022 a octubre 2026), el Banco Agrario ha desembolsado más de $33 billones, beneficiando a 1,3 millones de clientes. Paralelamente, ha implementado importantes acciones de normalización de cartera. Solo en 2026, se han condonado y reestructurado deudas de papicultores por $13.400 millones, y más de $25.000 millones para arroceros, sumándose a jornadas de alivios para sectores golpeados por sequías y la volatilidad de precios. Estos alivios, aunque necesarios, subrayan que el deterioro de cartera no es un problema incidental, sino estructural: los clientes, enfrentados a crisis agrícolas recurrentes, simplemente no tienen los medios para pagar, y el Banco se ve en una encrucijada entre su mandato de recuperación y su rol social.
Entre Depósitos y Rentabilidad: La Tensión Financiera
En octubre de 2026, el Banco Agrario reportó $10,8 billones en depósitos consolidados durante el gobierno actual, con 1,2 millones de cuentas de ahorro activas y 240.373 certificados de depósito a término (CDTs). Esta sólida base de pasivos ha sido fundamental para financiar su ambiciosa expansión crediticia. Sin embargo, la institución no está exenta de dilemas en términos de rentabilidad y eficiencia operativa. La calificadora de riesgos BRC Ratings, en abril de 2026, confirmó las calificaciones AAA para la deuda de largo plazo del Banco Agrario, un indicio de que su estructura de capital y solidez patrimonial son percibidas como fortalezas. Este es un punto crítico, pues la confianza en su solvencia es vital para su operación.
No obstante, el panorama de rentabilidad operativa presenta puntos débiles. El retorno sobre activos (ROA) y el retorno sobre patrimonio (ROE) del Banco Agrario se mantienen por debajo del promedio del sistema financiero colombiano, que registró en julio de 2026 un ROE anualizado de apenas 12%. El sector bancario en general experimenta una presión creciente en sus márgenes de intermediación. Para una entidad con una misión social tan marcada, la búsqueda de rentabilidad a menudo entra en conflicto con su mandato. Esto ha llevado a una diversificación de su portafolio: en 2026, la cartera no agropecuaria representa el 40% del total, con microfinanzas urbanas creciendo un 15,2% respecto al año anterior. Esta expansión hacia segmentos no agrícolas, incluyendo la economía popular urbana, responde a presiones de rentabilidad, ya que generan márgenes más atractivos que la financiación agrícola pura, que enfrenta volatilidad de precios y riesgos climáticos.
2026 y Más Allá: La Encrucijada de una Misión Social
El Banco Agrario de cara a 2026 enfrenta retos complejos. El primero es la conciliación entre su misión de inclusión financiera y su viabilidad operativa. Una institución que financia a pequeños productores en territorios remotos con tasas subsidiadas incurre en costos operativos que, a menudo, exceden los ingresos generados. El segundo desafío es la concentración en segmentos de riesgo: su liderazgo en microcrédito, que representa más del 50% del mercado, significa que cualquier deterioro macroeconómico o climático repercute directamente en la calidad de su cartera. Esto, francamente, es un riesgo sistémico para el banco.
Un tercer reto, no menos importante, es la digitalización. Si bien esta promete mejorar la eficiencia y el acceso, requiere inversiones a largo plazo en un contexto donde la brecha de conectividad rural sigue siendo profunda. En junio de 2026, el Banco Agrario lanzó su plataforma de banca virtual para zonas rurales, habilitando WiFi gratuito en municipios donde es banco único. Esta iniciativa es un paso adelante, reconociendo que la presencialidad es fundamental en territorios donde la desconfianza en lo digital persiste. Sin embargo, la tecnología no resuelve el problema de fondo: los pequeños productores agrícolas enfrentan márgenes operativos cada vez más comprimidos, una vulnerabilidad climática creciente y un acceso desigual a insumos y mercados. El Banco Agrario puede ofrecer crédito, incluso barato, pero no puede resolver la pobreza rural ni sustituir políticas públicas integrales de desarrollo agrícola.
En octubre de 2026, mientras el Banco Agrario se consolida como un aliado financiero indispensable para el campo, su deterioro de cartera y la presión en sus márgenes revelan que, veintiséis años después de reemplazar a la Caja Agraria, la institución aún no ha resuelto la tensión fundamental. Ser un "banco de verdad" (rentable, eficiente, selectivo) mientras cumple una misión social (incluye riesgos, financia territorios desprofitables, acepta la volatilidad inherente al agro) es una acrobacia financiera y social constante. Esta contradicción no es, en esencia, un defecto de gestión, sino probablemente la naturaleza misma de una empresa industrial y comercial del Estado sin subsidios permanentes. La realidad es que se encuentra en una encrucijada donde cada decisión financiera tiene un profundo impacto social, y viceversa.





